El Depravado Mito De Las Estrellas Y La Cultura Del ‘Casting Couch’ En Hollywood


¡Hollywood está enfermo! Dentro de su pequeño submundo elitista y excluyente —ficticio en muchos aspectos—, que se jacta de perfección y se caracteriza por el glamour, hay un degenerado engranaje cuyo motor es alimentado por el abuso de poder y la vulgar cosificación de la dignidad humana. Pero esta perversión no es una revelación actual que surgió con las recientes acusaciones que un puñado de actrices reconocidas han hecho en contra del influyente productor Harvey Weinstein. Esta perversión siempre ha existido detrás de sus ostentosas fiestas y galardonadas producciones, de sus alfombras rojas por las que mujeres de despampanante belleza desfilan lo último del haute couture, adornadas con las piezas más costosas de Tiffany & Co., Cartier y Bulgari, luciendo una gran sonrisa que nos recuerda a Nicole Kidman en aquel remake de “The Stepford Wives” (2004), en la que unas aparentes mujeres perfectas ocultaban una aberrante realidad.

Ese mito de las estrellas generado por el star system del cine comercial desde inicios del siglo XX, con personalidades como Mary Pickford —la America’s sweetheart de los 1910 y 1920, de las primeras actrices en ver su nombre en una marquesina luminosa y de fundar su propia compañía productora (United Artists) junto con David W. Griffith, Charles Chaplin y su entonces esposo Douglas Fairbanks—, tiene un trasfondo oscuro y siniestro desapercibido por el empeño de los espectadores de deificar a sus actrices y actores favoritos con la utópica idea de llegar a convertirse, en una décima parte tan siquiera, en lo que ellos representan: una vida de ricos y famosos, héroes y heroínas, dioses y diosas. Solo nos tenemos que remitir al año 1926, cuando Pickford y Fairbanks hicieron una gira por Europa, y a su llegada en Moscú, “fueron recibidos por una multitud de más de 300 mil personas“, como señaló Antonio Costa en su libro “Saber Ver El Cine” (1985), lo que comprobó el gran poder de influencia que tiene la fantasía cinematográfica y lo que ello representaba: el sueño americano.

Foto: Mary Pickford en una escena de “Tess of the Storm Country” (1922).

Desde que el cine adoptó sus sistemas de comercialización (studio y star system), las grandes majors de la producción (MGM, Warner Bros., RKO, 20th Century Fox, Paramount, United Artists y otras) explotaron la imagen de sus estrellas para sacar el máximo de provecho monetario a sus películas. El cine fusionó sus características de ciencia, arte y medio de comunicación para potenciar su carácter comercial controlando con aspectos legales, tecnicismos y presiones contractuales la vida pública e íntima de las celebridades. Este pensamiento frío de negocio, obviamente, dio pie a lo que vendría después en formas más inhumanas y deplorables. Tal como expuso Édgar Morin en su libro “Las Estrellas Del Cine”, el star systemquiere bellezas“, y eso aplica tanto en la mujer (primordialmente en películas en las que el amor figura como trama principal) como en el hombre (en filmes también románticos y de acción). En ambos casos se buscan cuerpos atractivos y rostros hermosos, siendo este un requisito principal dentro de las características de cualquier papel convocado. Esto solo ha provocado remarcar la banalidad de la industria, haciendo que los aspirantes al spotlight coqueteen con la idea de que “la cara más desconocida puede ser promovida de un día para otro al estrellato” (Morin, 1969) si cumple con los requisitos de belleza y juventud.

Foto: El productor Darryl Zanuck, de 20th Century Fox, en su oficina.

Entonces, si esto es lo que promueve la industria, no nos debe causar tanto asombro escuchar que desde Shirley Temple hasta Charlize Theron tuvieran que pasar por lo que se conoce como casting couch o, en palabras más directas, pruebas de talento que requerían un favor sexual a algún productor o director para asegurar un papel. El término se remonta a inicios del siglo pasado, según un artículo de HuffPost, cuando un prominente director de teatro en Broadway, Lee Schubert, solía entrevistar a coristas en una habitación privada que tenía un sillón (de ahí la palabra couch). Luego, con la aparición del cine, influyentes productores como Darryl Zanuck (de 20th Century Fox) y Harry Cohn (de Columbia Pictures) —de quienes se rumoraba que pedían favores sexuales a las actrices— colocaron un sillón dentro de sus oficinas para estos propósitos. Probablemente de ahí se fue popularizando el término.

Foto: La actriz Joan Collins.

A raíz del escándalo de Weinstein, por el que se han pronunciado con penosas anécdotas actrices como Rose McGowan (“Planet Terror”), Gwyneth Paltrow (“Shakespeare In Love”), Angelina Jolie (“Girl Interrupted”), Lea Seydoux (“Spectre”) y Lena Headey (“Game Of Thrones”), entre otras, se ha abierto una caja de Pandora que nos ha llevado, en un interminable flashback, a revisitar testimonios de célebres mujeres que fueron víctimas de acoso sexual a través del síndrome del casting couch. Tal es el caso de Joan Collins (la actriz británica conocida por interpretar a Alexis Carrington en la serie “Dynasty”), quien aseguró en su libro “Past Imperfect: An Autobiography” (1978) que el expresidente de 20th Century Fox, Spyros Skouras, y otros de sus directivos, Buddy Adler, le propusieron favores sexuales a cambio del protagónico en “Cleopatra” (1963), papel que posteriormente fue para Elizabeth Taylor.

En una de las fiestas, estaba bailando con uno de los directivos del estudio y me dijo: ‘quiero colocarte en un pequeño apartamento y visitarte tres veces por semana, te voy a meter en cualquier película que quieras y serás la primera opción para “Cleopatra”‘, recordó Collins el pasado 16 de octubre en el programa “This Morning”, agregando que incluso Marilyn Monroe le llegó a advertir sobre los depredadores poderosos de Hollywood.

En 1988, otra de las America’s sweethearts, Shirley Temple, escribió en su autobiografía “Child Star” que el productor de MGM, Arthur Freed, le había mostrado sus genitales en su oficina, cuando la actriz tenía apenas 12 años. Temple reaccionó con una carcajada que provocó la ira del productor, quien terminó por sacarla de su oficina. Por otro lado, desde que tenía 16 años, la actriz Judy Garland, del famoso musical “The Wizard Of Oz” (1939), fue víctima de acoso; el más notorio de sus acosadores fue el mismísimo Louis B. Mayer (de la MGM), quien le tocó su seno izquierdo bajo el halago de que ella “cantaba desde el corazón“, según lo escribió el autor Gerald Clarke en el libro biográfico “Get Happy: The Life Of Judy Garland”. Así como ella, también han reportado incidentes las actrices Rita Moreno (“West Side Story”) y Goldie Hawn (“Death Becomes Her”). Sin embargo, el primero de estos casos, o el primero de los más escandalosos, se remonta a San Francisco, en 1921, cuando el comediante Roscoe ‘Fatty’ Arbuckle forzó a la actriz Virginia Rappe a tener relaciones sexuales en una alocada fiesta en la habitación 1219 del hotel St. Francis. Según las investigaciones de la época, Rappe estaba ebria, y Arbuckle la violó. Rappe murió días después del evento, a causa de un desgarre en la vejiga, y se especuló que Arbuckle la había penetrado con un pedazo de hielo, una botella de Coca Cola o de champaña, lo cual nunca se comprobó. Luego de tres procesos judiciales, el actor fue absuelto, pero el impacto mediático destruyó su carrera y vida personal.

Foto: Imagen de la película “Escape From Tomorrow” (2013) en la que se ven a las princesas de Disney siendo acosadas por hombres.

Lo cierto es que la industria cinematográfica siempre ha estado acechada por influyentes productores, directores y actores que se aprovechan de su condición para acosar y atacar a los más indefensos. Ya hemos escuchado los sonados casos de Roman Polanski (aun buscado por la justicia por haber violado a una entonces niña de 13 años, aspirante a actriz), Bill Cosby (a quien se le acusa de haber drogado y violado a unas 40 mujeres a lo largo de su carrera), Casey Affleck (denunciado por acoso sexual por dos compañeras de trabajo) y el director Bryan Singer (demandado por haber abusado de chicos). Y es que los casos más escuchados ahora son los de mujeres, pero muchos hombres han sido víctimas también. Así lo han denunciado varios conocidos como James Van Der Beek (de “Dawson’s Creek”) y Ryan Phillippe (de “Cruel Intentions”). Incluso, recientemente, el agente de talentos Tyler Grasham, de la agencia APA, fue despedido por el actor Finn Wolfhard (de la serie “Stranger Things”) luego de que Grasham fuera acusado de abuso sexual.

No hay duda de que el caso Weinstein, la campaña “Me Too” de Alyssa Milano y el pronunciamiento de celebridades de renombre han inspirado a decenas de actores y actrices a revelar sus experiencias y a denunciar lo que para muchos era un secreto a voces. Una actitud que por aquel superficial mito de las estrellas, en el que todos anteponen la belleza al talento, muchos encuentra la inmoralidad dentro del cine como un “gaje del oficio”, callando ante lo que podría agravarse, tal cual ha sucedido. Es irónico y preocupante que ese mundo que nos lleva fantasear con unas aproximadas dos horas de historias de aventura, héroes y amores platónicos esté tan podrido en sus entrañas, tal cual como lo expuso el director Randy Moore en su película “Escape From Tomorrow”, aludiendo a un siniestro y tétrico Disney World tras bambalinas, haciendo que el espectador se replantee los ideales de belleza y comparándole en cierta forma con la depravación de la industria del cine actual.

Escrito Por: Enrique Kirchman

 

 

 

Categorías:Butaca: "Sociedad Diegética"

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