{Crítica} «Nope»: Jordan Peele no me defrauda


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Escrito por Enrique Kirchman
***Advertencia: Datos Importantes de la Película son Revelados***

Jordan Peele recién nos entregó su tercera película como director —ya puedo sugerirle a mis estudiante que lo elijan para analizar su sello de autoría— y ha mantenido la calidad estética y narrativa con historias que rayan en la ironía, lo extraño y hasta el absurdo, pero que no dejan de ser aterradoras tanto en la diégesis como en su relación metafórica con la realidad, particularmente, de la sociedad estadounidense.

Su nueva película Nope (supuestamente un acrónimo que responde a «not of planet Earth«) explora el género de la ciencia ficción sin alejarse del todo del horror sobrenatural. Convengamos que la nave alienígena no es lo que hemos visto en otras películas del género. Sin embargo, mantiene el tono narrativo y la ambientación física y psicológica de sus anteriores éxitos Get Out (2017) y Us (2019). En este caso, Nope nos recuerda al Jaws (1975) de Spielberg o, si nos vamos más atrás en la literatura, al Moby Dick (1851) de Herman Melville. Es esa confrontación de hombre versus bestia que, al igual que la obra de Melville, está llena de simbologías. No pretenderé dar las acertadas ni las pensadas por el director —que no ha querido hablar mucho al respecto, por cierto— sino sacar mis propias conclusiones en base a los temas de interés anteriores de Peele, que parecen ser recurrentes en sus obras.

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Por un lado, llama mi atención el metalenguaje. Esas referencias iniciales, aunque históricamente alteradas, del jinete afroamericano que aparece en las primeras imágenes en movimiento de la historia. La imagen en cuestión, que alude a un verdadero experimento realizado por el fotógrafo británico Eadweard Muybridge en los años 1870-1880, cuya obra se caracterizó por el fotodinamismo, sitúa a un hombre afroamericano en un caballo. En la ficción, OJ y Emerald Haywood —interpretados por Daniel Kaluuya y Keke Palmer— son descendientes de aquel jinete, de cuya historia han sacado provecho para prestar el servicio de caballos amaestrados para filmaciones en Hollywood. Esto nos lleva al género cinematográfico, que al igual que el film noir, representa lo más puro de la cultura del cine estadounidense: el western (a pesar de los spaghetti westerns que surgieron en Italia en los años 1960 y 1970). Peele hace esta asociación del jinete afroamericano en un caballo, que da inicio a la imagen en movimiento, en una historia que hace alusión a amaestradores de caballos para películas de vaqueros, en un relato que, además, tiene características matizadas del western. ¿Con qué propósito? Pues, da la impresión que Peele quiere recordarle a la sociedad que la cultura afrodescendiente, históricamente, es tan estadounidense como el western, que se convirtió en el género cinematográfico por excelencia de Hollywood desde The Great Train Robbery (1903) de Edwin Porter.

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De hecho, el fotógrafo Muybridge fue uno de los primeros en documentar el éxito de los afroamericanos en actividades deportivas, en este caso, como jinetes. Dejando así la evidencia histórica de la contribución de la raza negra a la cultura del país, por lo que su asociación a las primeras imágenes cinematográficas y a su género más puro, refuerzan esa idea de pertenencia y, hasta cierto punto, de territorialidad sobre la mayoría caucásica que se atribuye la historia. Esta idea subliminal queda plasmada a través de códigos estilísticos del western que Peele utiliza en el relato. Por un lado, el más evidente es Ricky ‘Jupe’ Park —interpretado por Steven Yeun— quien luce la vestimenta característica del ‘cowboy‘. Curiosamente, Ricky no es el típico «hombre Marlboro», sino un asiático. ¿Otra alusión a la diversidad cultural que conforma la sociedad estadounidense? ¡Sin lugar a dudas! Peele es evidentemente inclusivo con su caracterización de personajes, porque además nos introduce al intrépido latino, Ángel (Brandon Perea) e, incluso, le da un espacio a la población LGBTIQ+, al representar a Emerald como una mujer lesbiana.

Otra característica del western es la típica imagen del forastero, aquel personaje que vive fuera de la ley y que se convierte en nuestro héroe: OJ. Y es el mismo OJ quien nos lleva a otra característica insigne del western: el duelo. Ese duelo que se da al final, frente a frente, entre OJ y la nave alienígena. Él sobre su caballo y la nave frente a él, en medio del polvorín, en una especie de coreografía territorial donde solo faltó la icónica banda sonora de Ennio Morricone de The Good, The Bad & The Ugly (1966).

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En la diégesis, la nave alienígena abduce caballos, que para mí simbolizan la historia per se. Es esa analogía que se hace de la actualidad en la que se pretende ocultar (o borrar) la evidente influencia afroamericana en la historia de un país. Donde las autoridades (llámese Gobierno o, más específicamente, la policía) y su sociedad cada vez más supremacista han amedrentado a los negros, generación tras generación, obligándolos a asumir una posición desvalida, desigual y sumisa para sobrevivir. Tal cual como en la ficción en la que OJ descubre que para no ser abducido (o devorado) por la nave alienígena no debe mirarla directamente. Solo cuando la desafías con la mirada es que esta actúa violentamente, tal cual como las incontables veces que hemos visto en los noticieros que un policía agrede y hasta dispara a un ciudadano afroamericano por haberse pronunciado levemente en defensa de sus derechos. De ahí el duelo final en el que OJ desafía a la nave alienígena y, entendemos, que ese desafío lo lleva a la muerte, cuando Emerald lo ve a lo lejos detrás de un letrero que dice «más allá». Ese es el destino del afrodescendiente que alza su voz para defender sus derechos: la muerte.

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Sin embargo, hay un punto muy importante que deja claro Peele a través del personaje Antlers Holst (Michael Wincott), quien se reparte, junto con OJ, el rol del capitán Ahab de Moby Dick o, tal vez, del bíblico Jonás con la ballena, al lanzarse con su cámara para captar aquella valiosa imagen que evidencia la existencia irrefutable de este ser alienígena. A través de este personaje y esta escena, nos queda claro el valor audiovisual en la actualidad. El registro de la verdad, hoy cada vez más difícil de eludir. La develación de una sociedad que ha demostrado que, a pesar del tiempo, sigue arraigada a ideologías racistas que cada vez son más descaradas. Tal vez, por eso, al principio de la ficción vemos una nave aparentemente de color oscura, ocultándose detrás de una nube. Inactiva pero amenazante. Lo que simula una sociedad que «tolera» pero no acepta la diversidad. Sin embargo, hacia el final del relato, esta nave revela su color verdadero —el blanco— y sus verdaderos dimensiones, cual Moby Dick, dejando en evidencia su naturaleza depredadora y violenta; muy similar a los pronunciamientos de la supremacía blanca durante y después de la administración de Donald Trump.

Narrativamente, Nope tiene todos los elementos para mantenernos pendientes e interesados con picos dramáticos constantes que no nos permiten el descanso. Su simbología yace por todos lados. Algunas más evidentes que otras. Su mezcla del western, el terror y la ciencia ficción la hacen un película original, que con sus denuncias sociales, la convierten en una obra perdurable en el tiempo y de lo mejor que he visto en 2022.

Rating: 08

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