{Entrevista} Ricardo Darín: Habla de su hijo, del matrimonio y sus roles en el cine


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Escrito por Enrique Kirchman


Cuando hablamos del cine argentino, sin duda va a surgir el nombre de Ricardo Darín entre sus estrellas y talentos más relevantes, no solo por haber participado de las obras comercialmente más alabadas, sino también por su reconocimiento internacional con tres películas nominadas al Oscar —’El hijo de la novia (2001), ‘El secreto de sus ojos’ (2009), que se llevó el galardón aquel año,  y ‘Relatos Salvaje’ (2014)—, un premio Goya como Mejor Actor por ‘Truman’ en 2016, entre otros muchos logros. El que puede ser comparado como el Tom Hanks argentino, no está formado en academias de actuación, su oficio viene de primera mano gracias al talento actoral de sus padres —Ricardo y Roxana Darín— por lo que tuvo la oportunidad de codearse con grandes actores y directores durante su adolescencia. Este año está próximo a estrenar la película ‘Argentina, 1985’, donde además de llevar el rol protagónico, también funge como productor junto con su hijo, Chino Darín, y el director Santiago Mitre.
Este drama biográfico revuelve el pasado de la dictadura militar argentina, al abordar el Juicio de las Juntas Militares de 1985, donde los fiscales Julio Strassera y Luis Moreno Ocampo —interpretados por Ricardo Darín y Peter Lanzani respectivamente— llevaron a juicio a nueve militares debido a sus atroces crímenes entre 1976 y 1982. Para conmemorar este próximo estreno, les comparto esta entrevista que tuve hace algunos años con Ricardo Darín, vía Skype, desde su casa de playa en Uruguay, que fue publicada por primera vez, de manera parcial, en la revista ‘K’.

Usted ha participado en más de 90 producciones, desde cortometrajes, series hasta películas. ¿Recuerda cuál fue su primer trabajo profesional como actor?

La verdad es que no, pero sí recuerdo cuál fue mi primer trabajo profesional en cine. Fue cuando tenía 12 años en la película He nacido en la rivera de un director que se llamaba Catrano Catrani, aunque cueste creerlo. Ja,ja. Mi primer trabajo tal vez fue cuando tenía siete u ocho años, porque ya había hecho apariciones en televisión, radio y publicidades, pero no se puede hablar de profesionalismo en ese sentido, era casi como un juego, porque mis padres no querían que lo hiciera. Ellos eran actores y no pensaban igual que los padres de otros niños que creían en “¡Oh, la farándula!”. Mis padres sabían exactamente de qué se trataba y lo único que no querían es que yo fuera actor. Evidentemente, no pudieron evitarlo. Imagino ahora que si me lo permitieron fue porque les pareció que me gustaba y me divertía. Luego que hice He nacido en la rivera, empecé a trabajar más fluido en televisión, cine y radio. Hay por ahí algo en Wikipedia, donde muchas veces se equivocan y dicen cualquier cosa, que yo debuté en teatro con mis padres a los 10 años, cosa que no es cierto. Debuté en teatro a los 17 años y no fue con mis padres.

Su hijo, Chino Darín, es actor también. ¿Le pasó con él lo mismo que a sus padres con usted?

No, no me pasó lo mismo. No solo por haber una distancia generacional y de épocas, sino porque yo entiendo que a mis padres lo que les pasaba era que, a pesar de ser dos buenos actores y de tener una trayectoria dilatada y de mucho tiempo, padecieron más este oficio de lo que lo disfrutaron. Más allá de que, por supuesto, es un oficio que te permite disfrutar esporádicamente de algunas cosas. Los vi durante muchos años debatiéndose entre tener que hacer otro tipo de actividades para intentar tener una estabilidad económica. Tenían que hacer otros trabajos. Eso los habilitaba a suponer que querían para mí algo que ellos imaginaban mucho más sólido o estable en ese rubro y por eso no estaban muy felices con la idea de que fuera actor. En mi caso, no me ocurrió lo mismo porque yo no atravesé esa situación, más bien, todo lo contrario. Y fui consciente de la injerencia que como ejemplo debía estar haciendo mi vida profesional en la cabeza de mi hijo. Además, él lo manejó con muchísima inteligencia, como suele hacer las cosas, porque es muy analítico. Él se había anotado para ser ingeniero industrial y estaba en esa semana del gran dilema mental de que tenía que empezar a cursar las clases y se veía que el tipo no podía dormir. Una madrugada, habíamos terminado de comer y estábamos tomando un café y charlando en la cocina de la casa, como siempre hacemos, y me planteó con mucho cuidado y mucha prudencia: “¿Qué opinarías si yo te dijera que existe la posibilidad de que me pueda interesar ser actor?” ja,ja,ja… Le dije: “Yo creo que tienes la edad exacta en la que uno tiene que permitirse probar todo lo que se le ocurra, porque tienes una gran ventaja: no tienes que salir a buscar trabajo ya para sostenerte, cosa que es un altísimo privilegio que el 98% de los chicos de tu edad en todo el mundo no tienen. Y deberías aprovechar ese privilegio y transformarlo en algo ultra positivo, que es explorarte, investigarte, tratar de averiguar qué es lo que te hace feliz”. Yo vengo de una generación en la que los padres nos proponían que buscáramos carreras que fueran estables. No nos planteaban que buscáramos la felicidad en nuestro oficio, nos planteaban que buscáramos solidez y estabilidad. Ahí vi la oportunidad de plantearle a mi hijo que no buscara solidez ni estabilidad, sino que tratara de buscar lo que le haga feliz y eso fue lo que hizo. Por suerte, estuvimos de acuerdo, su madre también, y él se permitió ese camino de investigación para lo cual estudió en escuelas de teatro y cine y terminó forjándose en una carrera que, para mi gusto, lo ha hecho a su manera, con sus propias herramientas y criterios. En ese sentido creo que no le debe nada a nadie, mucho menos a mí.

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Foto: Ricardo Darín junto a su hijo Chino Darín.

¿Se formó académicamente en actuación?

Yo me hice bastante en el campo de juego, porque intenté un par de veces entrar en algún taller de teatro o escuela, pero nunca obtuve buenos resultados. Creo que se debió a que ingresé a un taller de teatro con 13 años y todos mis compañeros tenían entre 18 y 20. Ya venía trabajando desde hace mucho tiempo y lo que veíamos en clases eran cosas que para mí eran obvias, entonces, había un desfase. Siendo el menor de todos, sentía que no me estaba aportando mayor información en ese momento. En ese primer taller no tuve suerte, no estaba con el grupo indicado. Después, en los diferentes grupos de los que formé parte no tuve suerte, porque no me llevaba bien con los grupos. Paralelamente a esto, seguía trabajando. Mi formación se estaba dando. Siempre digo que mi formación fue al lado de actores amigos, compañeros o colegas de mis padres a los que admiraba, con los que tuve la oportunidad de foguearme, estar cerca de ellos y verlos en funcionamiento desde un ángulo muy poco común. Ellos no estaban a cargo de enseñarme, entonces, mi mirada y enfoque de aprendizaje era todavía mucho más profundo. Los podía ver entrar y salir del juego de la actuación sin que se dieran cuenta. Ese es el motivo por el cual todavía arrastro fama de que entro y salgo del juego de este oficio, según algunos, “con una exagerada y sospechosa facilidad” y creo que probablemente se deba a eso.

¿Qué películas le sirvieron de referente durante su carrera como actor?

Si eligiera una, te estaría mintiendo. Cuando era muy chico, a la vuelta de mi casa, había un cine que pertenecía a un sindicato de la UOM (Unión Obrera Metalúrgica). A este cine iba muy poca gente, pero estaba en funcionamiento desde el mediodía. Era de esos cines espectaculares, de los que ya no quedan, con mil y pico de butacas. Lo atendía un señor que se llamaba Ríos, al que le hacíamos bromas todo el tiempo, porque nos causaba mucha gracia que él era el único que trabajaba en el cine: era el que te vendía la entrada en la boletería, el operador del proyector, el que cortaba la entrada para pasar a la sala, el que te acomodaba… Ja,ja,ja. Lo amábamos, porque era muy gracioso y tenía una vocecita muy particular. Estaba siempre enojado, obviamente, porque estaba solo, ja,ja,ja. A veces, íbamos desde el mediodía y veíamos de tres a cuatro películas seguidas. Las que sí recuerdo que me impresionaban mucho eran esas películas épicas como Los diez mandamientos (1956) y Benhur (1959), esas con miles de extras que se hacían en esa época y eran espectaculares. Pero lo que más nos acercó al cine no fueron esas películas, sino Ríos. Ja,ja,ja.

¿Qué directores han sido su referente durante su carrera?

Woody Allen siempre fue una gran referencia para mí, porque soy un apasionado seguidor, tan apasionado que le puedo perdonar algunas cosas que ha hecho y que no me gustaron. También, Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, Emir Kusturica, en su época más actual. Pero digo referentes, porque veía su cine y me encantaba lo que hacían, cómo trabajaban con los actores. Uno se da cuenta cuando un actor está haciendo más de lo que normalmente estamos acostumbrados a ver de él o de ella y ahí se nota que el trabajo con el director es fructífero y enriquecedor. También me han gustado cosas que ha hecho Campanella, Bielinsky, en fin, es muy difícil detectar exactamente quién es el que más te ha impresionado.

Usted también hizo de director en una película…

Sí, se llamó La Señal (2007).

¿Ha pensado en repetir esa experiencia y volver a dirigir?

En repetir esa experiencia, no. Porque ese fue un momento especial en todo sentido. Emocionalmente, fue muy impactante. Terminé haciéndome cargo de la dirección de este proyecto, porque su director y guionista, Eduardo Mignogna, que era mi amigo, falleció un mes antes de empezar el rodaje. Ese fue el motivo por el cual la producción y la familia de él me vinieron a plantear que, si yo no me hacía cargo de la dirección, el proyecto iba a quedar naufragando. Por una cuestión emocional y de afecto, decidí hacerlo. Por eso es que no repetiría esa experiencia, pero sí estoy entusiasmado con la idea de volver a dirigir, razón por la cual estoy pensando permanentemente cuál sería la historia que me gustaría tener entre manos, porque de eso se trata, uno tiene que dirigir cuando tiene una historia entre manos que uno pueda sentir que le puede contribuir algo especial y aportar una mirada y mejorarla, si no, es mejor no meterse.

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Foto: Ricardo Darín y Mercedes Morán en una escena de «El Amor Menos Pensado» (2018).

En ‘El amor menos pensado’ (2018) también ejerció como productor por primera vez…

Sí. Una vez que leímos el libro, fuimos invitados por Patagonik, el desarrollador de la película, para formar parte. Ellos sabían que con mi hijo y un amigo [Federico Posternak], habíamos armado una pequeña productora llamada Kenya Films, entonces, tuvieron la iluminación y generosidad de invitarnos a dar nuestro primer paso como productores en el amplio sentido del término, no solo financieramente, sino también interviniendo en todos los aspectos y decisiones. Lo asumimos como una oportunidad interesante para foguearnos y ver hasta qué punto nuestra idea de formar una productora de cine estaba bien orientada o no y la verdad es que aprendimos muchísimo. A pesar de que éramos coproductores en una proporción un poco menor a la de Patagonik, no tuvimos diferencias. Nos abrieron todas las puertas y caminos. Nos fue muy bien.

¿Cómo sobrellevó su participación actoral con la de productor para no estresarse?

Es difícil no estresarse un poco en términos de producción; todos los días hay que resolver, tomar decisiones y reencaminar direcciones, pero la verdad es que fue gracias al trabajo maravilloso que hizo mi socio Federico, que tiene mucha experiencia en cine y coincidimos mucho en nuestros gustos y miradas, quien cubrió mucho de la parte de producción. Solo me consultaba algunas cosas cuando necesariamente teníamos que tomar decisiones, pero él estuvo muy atento a que no me agobiara con el tema de la producción, porque sabía que tenía por delante una gran responsabilidad como actor.

¿Cuál es la trama de ‘El amor menos pensado’?

Lo que ocurrió con El amor menos pensado es lo que generalmente ocurre con las películas. Una cosa es cuando uno lee un guion, luego cuando lo trabajas, luego cuando empieza el rodaje, cuando lo ves montado y, finalmente, cuando termina siendo una película. Cada una de esas etapas encierran un montón de sorpresas, incluso en el montaje, que sería una instancia final, de acuerdo a cómo se coloquen las cosas y en el timing indicado con el que se vayan haciendo, uno se encuentra con una reescritura de la historia. Tuve una sensación inicial que se trataba de una historia de un matrimonio adulto mayor, por decirlo de una forma más sincera ja,ja,ja, que se enfrenta a una nueva instancia de su relación a partir del viaje de su hijo que se acaba de graduar y va a hacer una especie de viaje iniciático. Esa es la historia en la superficie. Luego, empecé a darme cuenta de que en realidad también es una especie de desacralización de lo que son las separaciones, ese cuco que hoy en día no suena tan grave, porque se ha avanzado mucho en ese sentido. Pero soy de una generación en la que, cuando éramos niños, hablar de una separación era como hablar de una tragedia, razón por la cual mucha gente soportaba relaciones y vínculos durante mucho tiempo y no se animaban a dar un paso en ese sentido. Parecía que era el fin del mundo. Era como estar frente a un abismo. Es un poco como estar frente a un abismo, pero yo soy de los que creen que para uno mismo y para alguien a quien ha amado o ama, a pesar de que las relaciones no funcionen bien en ese momento, deben darse la oportunidad de una reconsideración en su vida. Luego, me empecé a dar cuenta también de que la historia habla mucho de las individualidades, de cómo se para uno frente a todo eso. Me empezó a dar una idea de que el guion calaba un poco más profundo de lo que habíamos pensado. Y tiene una gran virtud, que a pesar de que hace un seguimiento de una pareja protagónica que arrastra toda la historia, no desatiende el caso de los personajes secundarios que alimentan e intervienen en lo que es la discusión respecto a esto de separarse o no, de qué forma uno lo hace, cómo se para frente a eso, si es sincero o no, si juega con la verdad sobre la mesa o no. Si te fijas con un poco de detenimiento, cada uno de esos personajes tiene un tratamiento específico, un desarrollo y una atención desde la puesta en escena y desde el director [Juan Vera], respetando muchísimo esos roles.


Lo que sí creo es que hay algunas cosas que deben existir para que una relación se pueda sostener en sí misma. El respeto. La verdad sobre la mesa. El humor es una herramienta de gran fluidez para poder, incluso, decir algunas cosas que de otra forma uno no se atrevería. El estar atento a lo que te enamoró de esa persona y cuidarlo, alimentarlo, eso es importante.


Tiene 33 años de casado con Florencia Bas y dos hijos ya grandes. ¿En algún momento atravesó un momento similar de replantearse su vida en pareja, tal cual como lo hizo su personaje en la película?

Nosotros tuvimos un resbalón a los 10 años de casados, una especie de decaída y desfibrilación del vínculo, por distintos motivos que no viene al caso analizar ahora, pero Flor y yo estuvimos separados durante un año y medio. Creo yo que tomamos ese caso, en ese momento, bastante parecido a lo que ocurre en la película. No fue por la partida de un hijo, sino porque yo estaba tapado de trabajo, teníamos horarios diferentes, permanentemente. Mi mujer se levantaba muy temprano para llevar a los chicos al colegio y atenderlos y yo me acostaba muy tarde porque hacía cine, televisión y teatro. Nos ocurrió una especie de desfasaje de tiempos y en un momento nos desencontramos. Nos mirábamos como si no nos conociéramos o, lo que es aún peor, en algunos casos, como si nos hubiésemos convertido en otra cosa que no fuera marido y mujer. No era un matrimonio, sino una relación de amigos o de hermanos. Cuando nos dimos cuenta de eso fue que dijimos “¡Hey! Me parece que deberíamos hacer algo”. Ahí tomamos distancia. Ella fue muy generosa, abierta, cálida y amable conmigo. Yo estaba bastante más desorientado que ella en ese momento. Me hice el espléndido frente a la situación, pero me pegó peor que a ella. En eso corren con ventaja las mujeres, porque son mucho más listas y despiertas. Ella permitió que no tuviéramos una pelea. Nuestro distanciamiento no fue a partir de una pelea, sino a partir de estar de acuerdo en que algo nos estaba pasando y algo debíamos hacer. Durante todo ese proceso de distanciamiento, nos dimos cuenta que lo que queríamos era estar juntos nuevamente.

Un matrimonio de 30 años es raro hoy en día… ¿Cuál ha sido la fórmula para mantenerse por tanto tiempo? Si es que existe tal fórmula.

¡Claro! Yo no creo que haya una fórmula. Las relaciones humanas son tan inéditas como las personas que las componen. No hay una relación que sea igual a la otra, somos todos tan distintos en ese aspecto. Lo que sí creo es que hay algunas cosas que deben existir para que una relación se pueda sostener en sí misma. El respeto. La verdad sobre la mesa. El humor es una herramienta de gran fluidez para poder, incluso, decir algunas cosas que de otra forma uno no se atrevería. El estar atento a lo que te enamoró de esa persona y cuidarlo, alimentarlo, eso es importante. Yo creo que cuando encuentras a una persona en la vida, a la que le duelen las mismas cosas que a ti y que disfruta de las mismas cosas, estás muy cercano a darte cuenta de que has encontrado a alguien que te mejora, que te completa, que hace un gran aporte para que uno intente ser una mejor persona. Por supuesto que a veces ocurre que dos personas se aman y de pronto dejan de hacerlo y, en ese sentido, soy absolutamente separatista. Creo que uno no se tiene que quedar un minuto más en una relación cuando ya ha llegado a la conclusión de que ahí no tiene que estar, porque todo lo que sobreviene a eso luego de tener esa sensación, es para peor. Y es probable que, además, te empuje a entrar en una zona en la que se dicen o se hacen cosas de esas de las que no se vuelven. Eso es primordial, porque ya bastante lío hay en el mundo y tanta gente sufriendo por motivos difíciles de solucionar, como para que uno, además, no se dé cuenta de que esta vida hay que intentar disfrutarla y defender a la gente que amamos y a los que no amamos, si podemos, también.

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Foto: Ricardo Darín interpretando a ‘Bombita’ en la comedia de humor negro «Relatos Salvajes» (2014).

Es una buena oportunidad para aclararte que a pesar de lo que consigue Bombita dentro de lo que es ese episodio, yo no estoy de acuerdo con lo que hizo y esto lo discutí con el director Damián Szifrón en su momento.


Hablemos de ‘Relatos salvajes’. Es muy fácil relacionarse con su personaje Bombita. ¿En qué momento de su cotidianidad Ricardo Darín saca a ese Bombita que todos llevamos dentro?

Ese personaje necesariamente era de imaginar que iba a lograr empatía con la audiencia, porque es como la síntesis de lo que sentimos los ciudadanos en el mundo frente a los atropellos, a la burocracia, a la falta de respeto, al ninguneo, a esas cosas establecidas por el sistema, que muchas veces uno dice: “¿Por qué tengo que aceptar esto? ¿Por qué primero hay que pagar y después reclamar? ¿Por qué no reclamo primero y después vemos si pago?” Ja, ja, ja. Son normas establecidas que lo único que hacen es aumentar nuestra ira, cólera e indignación, que en muchos casos se transforman en frustración, porque la gente, por una cuestión de educación y de buenas costumbres, afortunadamente, no explota todo el tiempo, sino viviríamos en un sistema medieval. Pero cada tanto hay muestras muy significativas, no solo en el caso de este personaje, sino de algunos otros que vemos en la vida real que de pronto no aguantan más el avasallamiento del sistema y se despachan, en algunos casos injustamente, contra quienes no tienen nada que ver. Eso es producto de la presión que se genera en esas personas. Yo enfrento ese tipo de cosas como nos pasa a todos. La civilización no ha encontrado la manera de que estemos todos más domesticados y un poco más dependientes de algunas normas y reglas dictadas por otros y que hace ya mucho tiempo que deberían ser revisadas. Pero se ve que es la herramienta que ha encontrado el hombre dentro de la civilización para más o menos tener una convivencia llevadera, que por supuesto tiene errores y fugas que son incontrolables. A mí me pasa mucho. Nos pasa a todos, sobre todo en las ciudades que son caóticas a nivel de organización urbana y del tránsito. Uno muchas veces se siente enajenado, pero esto es más prototípico de las grandes ciudades, donde la aglomeración de vehículos y de personas al frente de máquinas que pesan más de una tonelada, hacen que estemos todos un poco al borde de la erupción y hay que controlarse. Es una buena oportunidad para aclararte que a pesar de lo que consigue Bombita dentro de lo que es ese episodio, yo no estoy de acuerdo con lo que hizo y esto lo discutí con el director Damián Szifrón en su momento. Lo que pasa es que el cine, como el arte en general, tiene la maravillosa oportunidad de hacernos creer que hay algunas cosas que están bajo nuestro control. En el caso de Bombita, era tal la excelencia del explosivo que hizo, que calculó hasta qué punto pudo destruir cosas materiales sin que hubiesen víctimas inocentes. Los seres humanos que tenemos más o menos dos dedos de frente sabemos que eso es prácticamente imposible… Ja, ja, ja… Ese es mi motivo de conflicto con el personaje, pero por lo demás lo entiendo perfectamente.

¿Qué hace para relajarse cuando no está trabajando en alguna película?

No hago nada. Lo primero es eso, no hacer nada, porque siempre estoy haciendo o planeando algo. Nuestra profesión nos obliga, afortunadamente y en el mejor de los casos, a estar acomodando proyectos y planes para el futuro, entonces, eso hace que tu cabeza siempre esté colocada en otro lugar. Y uno verdaderamente descansa cuando está aquí y ahora, sin pensar en lo que pasó ni estar ansioso por lo que va a venir. Para eso es necesario estar en algún lugar, en compañía y en condiciones que sean lo suficientemente relajadas. Este es uno de esos momentos. Estoy en mi casa en Uruguay, muy cerca del mar, solo con mi mujer y nuestros cuatro perros. Escuchamos música, vemos películas, algunas series, jugamos a las cartas, prendo un fuego en la parrilla y preparamos la comida, vamos a la playa con los perros, tratamos de estirar el día y que no se termine nunca, porque cuando volvemos a Buenos Aires, tanto ella como yo, estamos plagados de cosas para hacer.

¿Cuál serie está viendo ahora?

Anoche terminamos de ver una serie extraordinaria. Se llama Patrick Melrose, con Benedict Cumberbatch, de quien soy un gran admirador, porque es impresionante. La serie es de altísimo impacto. Está en Netflix. También vemos mucho cine. Al ser integrante de la Academia de Hollywood, de la española y de la argentina, tengo una afluencia de películas que no me alcanza el tiempo para ver, pero tengo el maravilloso privilegio de tener todas esas películas a disposición para verlas, evaluarlas y votar. Además, cuento, en ese sentido, con el entusiasmo y la gran ayuda de Florencia, mi mujer, que es una gran cinéfila, sabe muchísimo, tiene una memoria de elefante y me rescata. Juntos disfrutamos mucho de ver tanto cine. Estoy atiborrado de cine.

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Foto: Javier Bardem, Eduardo Fernández, Ricardo Darín y Penelope Cruz en una escena de «Todos lo Saben» (2018).

Ha participado de tres películas nominadas al Óscar, ha trabajado con aclamados directores como Juan José Campanella y Asghar Farhadi y ha compartido escena con grandes talentos como Cecilia Roth, Penélope Cruz y Javier Bardem. ¿De cuáles de todas estas películas guarda un recuerdo especial y por qué?

Tengo a mi mujer aquí cerca y hace de apuntador, me está diciendo… Porque últimamente, por una cuestión de edad, debe estar sospechando que no me llega agua al tanque y que no recuerdo algunas cosas… ja, ja, ja. Hay dos películas, que no solo quiero muchísimo, sino que además cada una de ellas, junto con su director, significaron algo muy especial. Una es Nueve reinas (2000), del director Fabián Bielinsky, de quien me hice realmente amigo. Fue increíble trabajar con él. Era un ser único. Un director y persona admirable. La otra película fue El hijo de la novia, del director Juan José Campanella, con quien he hecho cuatro películas, pero específicamente esta me sorprendió en un momento de la carrera en el que estaba un poco más enterado de cómo funcionaban las cosas, porque yo ya había hecho muchas películas antes, pero sin tener mucha conciencia de eso. La primera película que hice con una gran diferencia respecto al enfoque y a tomar conciencia de cuál es el rol de un actor dentro de un rodaje cinematográfico fue Perdido por perdido (1993) de Alberto Lecchi. Él fue el primero que me abrió la cabeza en el sentido de cuál es el método de trabajo del actor aplicado al cine, cosa que en ningún lugar te enseñan. Pero, Nueve reinas y El hijo de la novia también fueron un espaldarazo, porque estuvieron tan cercanas una de la otra, que me permitieron darme a conocer no solo en mi país, sino fuera de él, en dos roles completamente distintos. Eso es lo mejor que le puede pasar a un actor.

¿Cómo fue su experiencia al trabajar con el director Asghar Farhadi en ‘Todos lo saben’? 

Asghar es un ser maravilloso, por eso es un director maravilloso. Tiene una paz, una calma y una serenidad que aplica al trabajo. Tiene una claridad respecto a qué es lo que quiere y una mirada tan profunda e incisiva sobre lo que debe hacer con cada uno de sus actores que es una maravilla verlo trabajar. Yo lo disfruté como si fuera la primera vez que trabajaba en cine. Lo valoro doblemente, porque hizo un gran esfuerzo para que estuviera en esa película. No podía participar, porque tenía un contrato para hacer una gira de teatro en España en distintas ciudades. En la primera reunión que tuve con él, le fui a agradecer la invitación, lo admiraba mucho como director y guionista y le planteé la imposibilidad de hacer el papel. Me dijo “Yo soy un amante del teatro y entiendo lo que me estás planteando, pero quiero que estés en la película. ¿Qué estás haciendo en teatro?”. Le dije que estaba haciendo Escenas de la vida conyugal de Ingmar Bergman. Él hizo una pausa, me miró y dijo “por Bergman y especialmente por esa película es que yo me dedico al cine”. Me quedé duro, qué coincidencia. Luego me dijo “yo voy a hacer lo imposible para que puedas estar en esta película. Necesito que estés en esta película”. Y así fue. Filmábamos cerca de Madrid y ellos respetaron todas las veces que me tuve que ir por la gira y esperaban a que volviera para seguir rodando. Fue un rodaje de 15 semanas. Una maravillosa relación que pudimos construir en un idioma muy particular, porque hablábamos una especie de inglés, castellano, persa… ja, ja, ja… era una mezcla con mucha gestualidad. Pero nos entendimos perfecto. Además, tiene un gran sentido del humor.

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